Posteado por: Las noticias del océano | julio 16, 2016

Crónica : Milagro de rehabilitación (Puerto Rico)

Los manatíes son mamíferos marinos que están en peligro de extinción debido a la caza indiscriminada, degradación del ambiente costero y por choques con embarcaciones a velocidad. (Vanessa Serra Diaz)

Los manatíes son mamíferos marinos que están en peligro de extinción debido a la caza indiscriminada, degradación del ambiente costero y por choques con embarcaciones a velocidad. (Vanessa Serra Diaz)

Tras varios años bajo cuidados intensivos, dos jóvenes manatíes inician su jornada de regreso a su entorno marino

Sábado, 16 de julio de 2016 (Alex Figueroa Cancel). La asignación suponía un respiro. Cubrir el regreso de dos manatíes al mar se presentaba como una actividad refrescante, en comparación con la cantidad de noticias “policíacas” que nos ha ocupado, en medio del incremento de incidentes violentos por la ola criminal que no desaparece.

Es inevitable la saturación del mismo escenario, una y otra vez : el área acordonada con la cinta amarilla, las intermitentes luces azules iluminando la oscuridad de la madrugada, los conos amarillos marcando la evidencia y el tránsito de las camillas del personal forense.

La carga es aún mayor cuando es visible el dolor de allegados a las víctimas, como madres, padres, hermanas, hermanos, esposas, esposos y muchos otros, que llegan a las escenas esperanzados en que no sea verdad lo que les avisaron por teléfono.

Pero nada se puede comparar con el sufrimiento de un niño o una niña que perdió a quienes han sido su mundo desde que tienen algún recuerdo de vida. Los sollozos y gritos salen desde un abismo que se abre en su interior y al que sienten caer sin saber si alguien los podrá sacar. Y con probabilidad no querrán que traten de sacarlos, si la violencia llegó a tocar su propio cuerpo, pues será difícil que alguna vez vuelvan a confiar en alguien.

Hemos escuchado en ocasiones sobre el largo camino de recuperación para esos sobrevivientes de la mano criminal. Los testimonios nos llevan a un calvario de muchos que tardan casi una vida en atreverse a poner un pie afuera nuevamente. Quienes tienen la suerte de contar con la ayuda de familiares, allegados y expertos, como los trabajadores sociales y sicólogos, tienen mejores oportunidades de que aflore su valor interior y completar el regreso.

No es muy diferente cuando el que sufre es un mamífero marino.

“Ese que ves ahí siempre ha sido un luchador. Llegó aquí bien golpeado… Ha pasado por mucho, hasta cirugías, y lo ha superado todo”, dijo el veterinario Antonio Rivera mientras mirábamos la piscina vaciándose. Al disiparse el agua, se ven en el fondo  dos enormes cuerpos moviéndose.

Rivera se refería al manatí Aramaná, que estaba al lado de la manatí Yuisa. Ambos habían sido rescatados hace unos años, el primero en Dorado y la segunda en Loíza.

Aunque no están seguros si perdieron sus madres por algún acto violento, sí fueron encontrados cuando tenían pocas semanas de nacidos y hay una gran probabilidad de que sus progenitores fueran parte del 20% de los manatíes que cada año mueren por culpa de las personas, particularmente a consecuencia de golpes y heridas causadas con botes y motoras acuáticas.

No podía creer que me encontraba cubriendo nuevamente las consecuencias de la violencia humana.

Y, como la mente es así, de inmediato fue inevitable ver esos apacibles seres como niños crecidos que hacían lo posible por “regresar al mundo”. Por años, las piscinas del Centro de Conservación de Manatíes en el Recinto de Bayamón de la Universidad Interamericana fueron como el útero de sus madres, desaparecidas en circunstancias que se desconocen.

Darío Vale recuerda que encontró a Yuisa atrapada en una poza cuando ella apenas medía de dos a tres pies de largo. Mientras, Aramaná fue entregado al director del Centro, Antonio Mignucci, como si fuera un bebé. Le llegaba por un pescador que cargaba al pequeño cachorro en brazos, similar a aquellas inolvidables imágenes del hombre que en 1993 montaba en un  helicóptero al manatí que luego sería conocido como el famoso Moisés.

“En 1989 todavía los manatíes eran cazados para carne y entendemos que a la mamá de Moisés la mataron en el río Bayamón. Moisés entró al lago de Levittown y de ahí fue que lo rescataron”, indicó Mignucci.

“Desde que Tony Croatto cantó la canción (de Moisés) en 1993, no tenemos reportes de manatíes para comer su carne”, agregó. “Las amenazas ahora son otras”.

Mientras todo el mundo se movilizaba para el traslado de ambos manatíes en la mañana del miércoles, Aramaná se acostaba, panza arriba, se giraba de un lado a otro, y tan pronto sentía que alguien le tocaba la cola, soltaba un fuerte aletazo.

“No le gusta que le toquen mucho”, decía Rivera, en referencia a Aramaná, que se tapaba el rostro con las aletas.

Fue inevitable el chiste de que el macho parecía más nervioso que la hembra, que permanecía apaciblemente acostada boca abajo. Pero cuando Rivera explicó el trasfondo, todo hizo sentido. El veterinario agregó que “no necesariamente” uno estaba más asustado que el otro, pues cada uno lo manifestaba a su manera. “Lo que pasa es que  no están acostumbrados a tanto movimiento”, señaló.

En efecto, decenas de personas –entre científicos, voluntarios y militares– se movilizaron para un complicado operativo que tomó más de seis horas, desde el amanecer, para llevarlos desde el CCM hasta una playa en la base de la Guardia Nacional en Punta Salinas, en el municipio de Toa Baja.

Fueron curados y alimentados, y así, de forma simbólica el CCM dio a luz… parió, nuevamente, a estos mamíferos marinos al regresarlos al mar, aunque fuera, por el momento, una liberación parcial.

  Ahora los guiarán en el proceso de adaptación a su entorno natural, teniendo que buscar su propia comida rodeados de algas, peces y erizos, que no estaban en la piscina de cemento, pero estarán en un lugar protegido por una verja.

La idea es que no se adentren en su entorno marino hasta que sus cuidadores estén seguros de que ambos manatíes están listos para enfrentar el mundo real.

¿Será posible que se parezca  al panorama que enfrentan las personas que han crecido a la sombra de un pasado violento?

Poco a poco se van sumergiendo de regreso. De vez en cuando asoman a la superficie su hocico para respirar pero también como tanteando el nuevo entorno, asomándose por los agujeros deuna verja que  –por ahora– los mantiene en un espacio restringido de playa.

Así será por tres a cinco meses para Aramaná y Yuisa en la playa de Punta Salinas, antes de que se abran los portones de esa verja protectora y naden a la incertidumbre del océano.

Al menos, su traslado al mar fue motivo de gran alegría y celebración para los involucrados en su rehabilitación, que duró tres años para Yuisa y cinco para Aramaná.

Se expresaban confiados en que el entrenamiento de todo este tiempo les permitirá sobrevivir  las condiciones naturales. Asimismo, el equipo de ayudadores manifestaba la esperanza de que aumente la conciencia pública y se reduzcan los comportamientos que suelen agredir a estas valiosísimas especies.

Tan reciente como la semana pasada, contó Mignucci, les llegó el caso de una manatí muerta a golpes.

Por los exámenes realizados, pudieron concluir que falleció por el impacto de un bote que la impactó en su espalda. El golpe  le fracturó cuatro costillas, que a su vez le perforaron un pulmón, le dañaron un riñón y le causaron una hemorragia interna.

Por el estudio también observaron que era una manatí madre que estaba lactando. Se desconoce la suerte del huérfano.

Mignucci dijo que mientras trabajan en iniciativas con varias agencias para la instalación de bollas que adviertan sobre la importancia de reducir la velocidad de navegación de embarcaciones,  también dedican esfuerzos para reducir otras amenazas que afectan a los manatíes.

“Tenemos gente nadando con los manatíes, tocándolos, dándoles agua, cerveza y comida”, relató el biólogo marino. “Es un arma de doble filo. Mientras más hablamos de los manatíes, más le gusta a la gente. Pero, tenemos que balancearlo y seguir educando. Cuando les ofrecen agua y comida, se amansan y se acercan a los botes”.

El científico explicó que el acercamiento de los seres humanos a estos mamíferos puede ser una receta fatal eventualmente.

Relató que es común ver a los manatíes salvajes subiendo a kayaks. De ahí, la estadística de que un 20% de las muertes de manatíes en Puerto Rico se deba al contacto con los humanos.

Mientras miraba el nuevo hogar de Yuisa y Aramaná, me acerqué a Mignucci para preguntarle por la suerte que les espera a ambos.

Aseguró estar confiado en su adaptación, lo que se evidenció cuando se pudo observar a Yuisa comiendo algas del lugar a menos de una hora de haber llegado.

 ¿Y qué de las amenazas que enfrentará la pareja de mamíferos marinos una vez sea liberada?

“A muchas personas, desde chiquitos, no se les crea la conciencia de cuidar la naturaleza y eso es lo que nosotros estamos tratando de hacer con los 7,000 estudiantes que recibimos al año en el Centro”, expresó Mignucci.

“Los cubrimos de información para que sean responsables en el cuido de la naturaleza, de los animales, de sus mascotas y, también, de sus seres queridos”.

“Toda esta violencia que vemos en Puerto Rico también viene por esa insensibilidad”, afirmó. “Así que, si los podemos enseñar, a través de cuidar un manatí y que vean cómo nosotros dedicamos tantos esfuerzos para cuidar a un pequeño manatí indefenso, la gente llevará ese pensamiento y sentimiento a cuidar no solamente a los animales y mascotas, sino también a sus seres queridos y al resto de la población”.

Me agarré de su optimismo, que diluía el “aire policíaco” de la historia.

En esos momentos, una voluntaria nos acababa de anunciar  que ya Aramaná tenía una nueva amistad:   un manatí se había acercado a la verja desde afuera,  como dándole la bienvenida al mar. Y respiré.

“Ese que ves ahí siempre ha sido un luchador. Llegó aquí bien golpeado… Ha pasado por mucho, hasta cirugías, y lo ha superado todo”, dijo el veterinario Antonio Rivera mientras mirábamos la piscina vaciándose. Al disiparse el agua, se ven en el fondo  dos enormes cuerpos moviéndose.

Rivera se refería al manatí Aramaná, que estaba al lado de la manatí Yuisa. Ambos habían sido rescatados hace unos años, el primero en Dorado y la segunda en Loíza.

Aunque no están seguros si perdieron sus madres por algún acto violento, sí fueron encontrados cuando tenían pocas semanas de nacidos y hay una gran probabilidad de que sus progenitores fueran parte del 20% de los manatíes que cada año mueren por culpa de las personas, particularmente a consecuencia de golpes y heridas causadas con botes y motoras acuáticas.

No podía creer que me encontraba cubriendo nuevamente las consecuencias de la violencia humana.

Y, como la mente es así, de inmediato fue inevitable ver esos apacibles seres como niños crecidos que hacían lo posible por “regresar al mundo”. Por años, las piscinas del Centro de Conservación de Manatíes en el Recinto de Bayamón de la Universidad Interamericana fueron como el útero de sus madres, desaparecidas en circunstancias que se desconocen.

Darío Vale recuerda que encontró a Yuisa atrapada en una poza cuando ella apenas medía de dos a tres pies de largo. Mientras, Aramaná fue entregado al director del Centro, Antonio Mignucci, como si fuera un bebé. Le llegaba por un pescador que cargaba al pequeño cachorro en brazos, similar a aquellas inolvidables imágenes del hombre que en 1993 montaba en un  helicóptero al manatí que luego sería conocido como el famoso Moisés.

“En 1989 todavía los manatíes eran cazados para carne y entendemos que a la mamá de Moisés la mataron en el río Bayamón. Moisés entró al lago de Levittown y de ahí fue que lo rescataron”, indicó Mignucci.

“Desde que Tony Croatto cantó la canción (de Moisés) en 1993, no tenemos reportes de manatíes para comer su carne”, agregó. “Las amenazas ahora son otras”.

Mientras todo el mundo se movilizaba para el traslado de ambos manatíes en la mañana del miércoles, Aramaná se acostaba, panza arriba, se giraba de un lado a otro, y tan pronto sentía que alguien le tocaba la cola, soltaba un fuerte aletazo.

“No le gusta que le toquen mucho”, decía Rivera, en referencia a Aramaná, que se tapaba el rostro con las aletas.

Fue inevitable el chiste de que el macho parecía más nervioso que la hembra, que permanecía apaciblemente acostada boca abajo. Pero cuando Rivera explicó el trasfondo, todo hizo sentido. El veterinario agregó que “no necesariamente” uno estaba más asustado que el otro, pues cada uno lo manifestaba a su manera. “Lo que pasa es que  no están acostumbrados a tanto movimiento”, señaló.

En efecto, decenas de personas –entre científicos, voluntarios y militares– se movilizaron para un complicado operativo que tomó más de seis horas, desde el amanecer, para llevarlos desde el CCM hasta una playa en la base de la Guardia Nacional en Punta Salinas, en el municipio de Toa Baja.

Fueron curados y alimentados, y así, de forma simbólica el CCM dio a luz… parió, nuevamente, a estos mamíferos marinos al regresarlos al mar, aunque fuera, por el momento, una liberación parcial.

  Ahora los guiarán en el proceso de adaptación a su entorno natural, teniendo que buscar su propia comida rodeados de algas, peces y erizos, que no estaban en la piscina de cemento, pero estarán en un lugar protegido por una verja.

La idea es que no se adentren en su entorno marino hasta que sus cuidadores estén seguros de que ambos manatíes están listos para enfrentar el mundo real.

¿Será posible que se parezca  al panorama que enfrentan las personas que han crecido a la sombra de un pasado violento?

Poco a poco se van sumergiendo de regreso. De vez en cuando asoman a la superficie su hocico para respirar pero también como tanteando el nuevo entorno, asomándose por los agujeros deuna verja que  –por ahora– los mantiene en un espacio restringido de playa.

Así será por tres a cinco meses para Aramaná y Yuisa en la playa de Punta Salinas, antes de que se abran los portones de esa verja protectora y naden a la incertidumbre del océano.

Al menos, su traslado al mar fue motivo de gran alegría y celebración para los involucrados en su rehabilitación, que duró tres años para Yuisa y cinco para Aramaná.

Se expresaban confiados en que el entrenamiento de todo este tiempo les permitirá sobrevivir  las condiciones naturales. Asimismo, el equipo de ayudadores manifestaba la esperanza de que aumente la conciencia pública y se reduzcan los comportamientos que suelen agredir a estas valiosísimas especies.

Tan reciente como la semana pasada, contó Mignucci, les llegó el caso de una manatí muerta a golpes.

Por los exámenes realizados, pudieron concluir que falleció por el impacto de un bote que la impactó en su espalda. El golpe  le fracturó cuatro costillas, que a su vez le perforaron un pulmón, le dañaron un riñón y le causaron una hemorragia interna.

Por el estudio también observaron que era una manatí madre que estaba lactando. Se desconoce la suerte del huérfano.

Mignucci dijo que mientras trabajan en iniciativas con varias agencias para la instalación de bollas que adviertan sobre la importancia de reducir la velocidad de navegación de embarcaciones,  también dedican esfuerzos para reducir otras amenazas que afectan a los manatíes.

“Tenemos gente nadando con los manatíes, tocándolos, dándoles agua, cerveza y comida”, relató el biólogo marino. “Es un arma de doble filo. Mientras más hablamos de los manatíes, más le gusta a la gente. Pero, tenemos que balancearlo y seguir educando. Cuando les ofrecen agua y comida, se amansan y se acercan a los botes”.

El científico explicó que el acercamiento de los seres humanos a estos mamíferos puede ser una receta fatal eventualmente.

Relató que es común ver a los manatíes salvajes subiendo a kayaks. De ahí, la estadística de que un 20% de las muertes de manatíes en Puerto Rico se deba al contacto con los humanos.

Mientras miraba el nuevo hogar de Yuisa y Aramaná, me acerqué a Mignucci para preguntarle por la suerte que les espera a ambos.

Aseguró estar confiado en su adaptación, lo que se evidenció cuando se pudo observar a Yuisa comiendo algas del lugar a menos de una hora de haber llegado.

 ¿Y qué de las amenazas que enfrentará la pareja de mamíferos marinos una vez sea liberada?

“A muchas personas, desde chiquitos, no se les crea la conciencia de cuidar la naturaleza y eso es lo que nosotros estamos tratando de hacer con los 7,000 estudiantes que recibimos al año en el Centro”, expresó Mignucci.

“Los cubrimos de información para que sean responsables en el cuido de la naturaleza, de los animales, de sus mascotas y, también, de sus seres queridos”.

“Toda esta violencia que vemos en Puerto Rico también viene por esa insensibilidad”, afirmó. “Así que, si los podemos enseñar, a través de cuidar un manatí y que vean cómo nosotros dedicamos tantos esfuerzos para cuidar a un pequeño manatí indefenso, la gente llevará ese pensamiento y sentimiento a cuidar no solamente a los animales y mascotas, sino también a sus seres queridos y al resto de la población”.

Me agarré de su optimismo, que diluía el “aire policíaco” de la historia.

En esos momentos, una voluntaria nos acababa de anunciar  que ya Aramaná tenía una nueva amistad:   un manatí se había acercado a la verja desde afuera,  como dándole la bienvenida al mar. Y respiré.

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