Posteado por: Las noticias del océano | agosto 10, 2013

El festival de la mar fija su catalejo en el pasado ballenero de España

Juan Wes muestra una de las imágenes de la exposición que se puede ver en Bitácora. :: MARIETA

Juan Wes muestra una de las imágenes de la exposición que se puede ver en Bitácora. :: MARIETA

El periodista Juan Wes reafirma la importancia que tuvo esta actividad para el despegue económico del país

10 de Agosto de 2013 (BORJA PINO). En el amplio abanico de actividades que condicionaron el desarrollo económico del país, la industria ballenera ocupó durante siglos, de manera intermitente y condicionada por factores externos, un lugar de extrema relevancia. En su momento fue uno de los motores económicos de España, aunque su trascendencia no siempre es recordada hoy día. Y ayer, a través de su ponencia ‘La industria ballenera española’, en el marco del festival de la mar Bitácora, el periodista Juan Wes, exdirector de LA VOZ, arrojó un poco de luz sobre el pasado ballenero del país.

«Normalmente, cuando se piensa en la caza de ballenas, la gente tiende a imaginarse la novela ‘Moby Dick’, a los grupos ecologistas protestando, los reparos que existen en torno a esta práctica… Pero pocos conocen que esta pesca fue uno de los pulmones del país durante décadas, y que dio muchos puestos de trabajo». Con esta afirmación comenzó Wes su intervención, a lo largo de la cual recorrió no sólo el pasado lejano de la actividad, sino sobre todo los años comprendidos entre 1914 y 1985, una verdadera ‘edad de oro’ de la pesca de ballenas a nivel nacional.

En ese intervalo, los buques balleneros zarpaban de los puertos del Cantábrico y del Atlántico, y retornaban a sus hogares cargados con ballenas y cachalotes que, una vez en las factorías instaladas en tierra, eran despiezados y dispuestos para su aprovechamiento. «Como Noruega e Islandia, España tenía una ventaja: su geografía le permitía instalar industrias en la costa, y no depender de los buques-factoría», puntualizó el investigador.

Así, durante esos 71 años, las fábricas necesarias para el desarrollo de la práctica ballenera proliferaron por toda la costa norte y oeste de España, «muchas veces bajo el asesoramiento de expertos noruegos, que tenían mucha experiencia en la caza de estos animales». A finales de la década de los 20, con el cierre de algunas factorías y el retorno de los noruegos a su país, la actividad vivió una fase de crisis. Con todo, en los años 50 dio comienzo la verdadera fase de esplendor del negocio.

«En zonas como Cádiz, Benzú (Ceuta) o Finisterre se podían llegar a obtener más de 200 piezas al año, lo que supone un número impresionante», afirmó Wes. «Los cachalotes gustaban porque sus colmillos podían venderse a orfebres de París y de Ámsterdam, pero sobre todo interesaba cazar ballenas. De ellas se aprovechaba absolutamente todo, y se conseguían carnes, jabones, aceites, sulfatos…».

Sin embargo, como dicta la tradición, el punto álgido de este negocio coincidió con el principio de su fin. Los recursos destinados a la modernización de las flotas y de las instalaciones se fueron reduciendo, y equipos tiempo atrás punteros pasaron a quedar obsoletos. «Hubo muchos cierres de conserveras, y cada vez menos barcos se hacían a la mar. A eso hay que sumar que tres buques balleneros sufrieron atentados a manos de grupos ecologistas. Todo ello entorpeció la explotación».

Los últimos quince años de la pesca de cetáceos fueron testigos de una triste realidad. Las industrias supervivientes pasaron a manos de industrias japonesas, país que, junto con Noruega y Rusia, ostenta la mayor tradición ballenera del planeta. «Los técnicos japoneses supervisaban el despiece de las capturas. Decían qué cortar, qué vender, a qué precios… Era una situación insostenible, que no podía durar».

Y de ese modo, a mediados de los 80, coincidiendo con el despegue industrial del país, las últimas factorías balleneras echaron el cierre. Un triste colofón para un episodio épico de nuestra historia naval.

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