Posteado por: Las noticias del océano | agosto 3, 2012

En Perú y Brasil cazan delfines rosados para usarlos como carnada

3 de Agosto del 2012 (Nicolás Congote Gutiérrez). Según un cálculo del 2007, cada delfín le ‘producía’ al año 22 mil dólares al turismo.

La canoa avanza en su marcha más lenta. Las cámaras están listas. De repente, el sonido del agua alerta. Tímido, un Inia geoffrensis se asoma para respirar. Es el delfín rosado del Amazonas. Los más afortunados logran no solo ver su bella figura, de aleta dorsal baja y ojos pequeños, sino también sus acrobáticos saltos.

Los Bosman fueron parte de ese grupo privilegiado. Esta familia holandesa pagó 220 dólares por un tour por la Reserva de Producción Faunística de Cuyabeno, en Ecuador, para conocer a esta especie, muy amenazada. Ese respeto por el delfín lo comparten también los indígenas. Entre sus historias ancestrales cuentan que llegaba a las fiestas convertido en persona y conquistaba a las mujeres más bellas. Luego, salía hacia el río y desaparecía.

Tal admiración, no muy lejos de Cuyabeno, en territorio peruano y brasileño dentro de la cuenca amazónica, parece no existir. Allí no hay cámaras ni turistas expectantes. Son los pescadores quienes los esperan con ansias para matarlos y usarlos como carnada para atrapar un pez carroñero conocido como mota, simí o piracatinga. Con redes, los acorralan y luego les disparan con escopeta o arpón.

Dejan que se descomponga y así atrae más peces. Después, los meten en una jaula, en pedazos o enteros, y ahí va llegando la mota”, explica Fernando Trujillo, director científico de la Fundación Omacha, ONG que trabaja hace más de 20 años para conservar la fauna y los ecosistemas acuáticos y terrestres en el país.

Lo que desconocen los colombianos es que ese pez llega en grandes cantidades al país. “En los últimos cinco años, el 90 por ciento de los peces que hemos comido como capaz son esos peces carroñeros del Amazonas. Un 90 por ciento de estos viene de Brasil y Perú”, denuncia Trujillo.

La diferencia es simple: el capaz es de un color y la mota tiene unos puntos oscuros que lo hacen ver como un capaz ‘dálmata’.

La Dirección de Pesca y Acuicultura del Ministerio de Agricultura manifiesta que conoce la situación y aclaró que “la comercialización de mota no es ilegal y que lo que debe reglamentarse, y en el futuro erradicarse, es el método de captura usando delfines”.

Añade que hay “falencias en cuanto a exigir a los comercializadores claridad sobre la especie que se vende. Aunque la mota tiene características que la diferencian del capaz, no es fácilmente identificada por los consumidores. Además, se conoce que los pescadores raspan los flancos de los peces para eliminar las manchas de la piel, lo que dificulta más su identificación”.

La fuerte demanda de este pez ha hecho que, sin saberlo, cada colombiano que lo ha comprado en plazas de mercado y almacenes de cadena, donde media libra cuesta en promedio 6.000 pesos, haya alimentado la matanza de delfines rosados.

Cifras de la Corporación Colombia Internacional, institución que se encargaba de recopilar información del mercado de peces en el país, muestran que la producción de mota pasó de 65.705 kilogramos, en el 2008, a 1’331.867, en el 2010.

Inquieta, además, el contenido tóxico de este pez, pues su esencia carroñera lo lleva a alimentarse no solo de otras especies sino también de desechos. Investigadores hablan de contenidos de mercurio debido a la explotación minera en el Amazonas.

La matanza de delfines, a todas luces ilegal por tratarse de una especie protegida, se realiza muchas veces de noche o en zonas donde las autoridades son un fantasma.

Tras ocho años de ‘cacería’ a estos pescadores, investigadores de Omacha han confirmado que no solo ocurre en el río Amazonas.

“En Brasil también los matan en el río Purús y en Perú en los ríos Marañón y Ucayali”, advierte Trujillo. Añade que con un delfín capturan hasta 200 kilos de mota. Solo en Brasil, se calcula que al año matan unos 1.000 delfines.

El colapso de las pesquerías de grandes bagres hizo que los comerciantes en los últimos cinco años buscaran una nueva ‘víctima’. Apareció así la mota, que para el mercado colombiano viene a reemplazar el capaz del río Magdalena. No obstante, el gran sacrificado resultó ser el delfín, pues ante el hambre de dinero de los comerciantes la protección de esta especie fue solo un bocado.

El tema se tocó en Panamá en julio pasado durante la reunión de la Comisión Internacional Ballenera, donde Colombia y Brasil se comprometieron a mantener una reunión binacional para ver cómo frenan la matanza de delfines y la pesca de la mota.

“La Agencia de Cooperación Internacional de Colombia ha propuesto ser facilitadora en una reunión en agosto con ministerios y otras autoridades para que se enteren de la problemática y se fije una posición como país. También, para que se pida una reunión de alto nivel con Brasil y, ojalá, vedar la pesca de esta especie”, adelanta Trujillo.

En ese sentido, la Dirección de Pesca y Acuicultura afirma que ha habido reuniones internacionales, particularmente con Brasil, para establecer planes de acción. Asimismo, la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca, como nueva autoridad, adelanta una revisión de estos procesos para darles continuidad.

Vivos, una mina de oro

Por un delfín muerto en Brasil pagan 25 dólares, mientras por observación turística en Colombia, hace 5 años, cada uno de estos peces producía unos 220.000 dólares para la economía local.

En el 2007, Omacha encuestó a la gente que llegaba en avión a Leticia. El 94 por ciento respondió que visitaba la región expresamente para conocer el delfín rosado.

“En ese momento, esos turistas dejaban unos 7 millones de dólares. Ese 94 por ciento de los encuestados equivalía a unos 6,6 millones de dólares. Sabíamos que en el trapecio amazónico había unos 400 delfines; lo dividimos en 6,6 millones de dólares y nos dio que cada delfín producía unos 22.000 dólares al año”, recuerda el biólogo Trujillo. Se estima que hoy el turismo en la región representa la suma de 8,3 millones de dólares.

Es así como la apuesta por preservar la especie se ha querido articular con la observación turística. Uno de los actores en esta iniciativa es la ONG Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, su sigla en inglés), que apoya el Programa Trinacional en el área de frontera que Colombia, Ecuador y Perú comparten con sus zonas de reserva de La Paya, Cuyabeno y Güeppí, respectivamente. Allí han capacitacitado a comunidades, guías turísticos y guardaparques en protocolos de avistamiento de delfines.

Queremos promover en América Latina destinos para que la gente que ha observa las ballenas jorobadas en el Pacífico nuestro, ballenas grises en baja California y delfines Toninas overas en la Patagonia, venga a ver delfines de río a la Amazonia, con un servicio adecuado y que pague lo que se debe”, dice Trujillo.

Tener delfines de río es privilegio de pocos países. “Entraron a Suramérica hace más de dos millones de años, cuando el nivel del mar estaba 180 metros por encima del actual. Muchas especies marinas quedaron atrapadas ahí y aunque algunas se extinguieron, los delfines se fueron adaptando”, explica Trujillo. Hace 500.000 años, anota, llegaron también unos delfines grises marinos cuya especie se conoce como Sotalia fluviatilis.

Hoy, los esfuerzos se encaminan a evitar que ocurra lo mismo que en Asia. “En China, hace cuatro años, declaramos extinta ecológicamente una especie de delfín en el río Yangtsé. En la India y en Pakistán estos viven condiciones muy precarias. Calculamos que hay menos de 1.000. En el río Mekong, que nace en China y pasa por Birmania, Laos, Tailandia, Camboya y Vietnam, quedan apenas 80. Son especies que, si no hacemos algo urgente, seguramente se van a extinguir en los próximos 10 años“, alerta Trujillo, ganador del Premio Whitley en el 2007.

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